Japón, día 2: Desde Kinkaku-ji hasta Arashiyama

Japón, día 2: Desde Kinkaku-ji hasta Arashiyama

Comienza un nuevo día en Japón con las pilas al 100%. Después de desayunar un poquito de zumo y un delicioso pan de melón nos disponemos a seguir conociendo Kyoto.

Nuestro plan para hoy es empezar visitando los templos que se encuentran más al norte de la ciudad y que son algunos de los “must-to-see” de Kyoto, y ya que estamos por la zona norte terminar viendo el barrio de Arashiyama.

Kinkaku-ji o Pabellón dorado

Empezamos el día por el Templo Kinkaku-ji o Pabellón dorado. Para llegar hasta allí decidimos volver a coger un autobús desde la estación de tren de Kyoto, concretamente la línea 205, que te deja casi casi en la entrada del templo. Como íbamos a estar todo el día fuera y la ruta implicaba coger varios autobuses, decidimos compramos un ticket de un día. Básicamente el ticket funciona como en cualquier ciudad, lo sacas en una máquina en cualquier estación de autobuses y lo picas la primera vez que lo utilizas, después con enseñárselo al revisor es suficiente.

Con los nervios y las prisas metimos un poco la pata, pero menos mal que esta línea es circular porque ¡lo cogimos en dirección contraria! Tardamos un poco más de la cuenta, pero tuvo sus ventajas, el autobús iba casi vacío y pudimos ir sentados.

Si echáis un ojo a otros blogs, veréis que os aconsejan ir muy temprano o muy tarde para evitar largas colas y pelotones de gente durante la visita. Nosotros no fuimos a primerísima hora de la mañana, de hecho salimos del hotel a las 8:30 o así, pero la verdad es que cuando llegamos ya había bastante gente. También, durante las fechas que estuvimos (después de la Golden Week), nos pillaros muchísimas excursiones de colegios y esto dificulta mucho el poder sacarse una foto sin algún intruso de fondo. De todas formas la compañía es lo de menos, lo importante es poder disfrutar del lugar y ver lo bonito que es el templo.

La entrada nos costó 400 yenes y nos dieron el típico folleto con la historia del templo y un mapa de los jardines. Básicamente el recorrido es un circuito cerrado en el que seguiréis un camino que os llevará al Pabellón dorado, recorrerá los jardines y algunas de las diferentes salas que utilizaban los monjes en su día a día.

Recorrerlo por completo no lleva mucho tiempo, de hecho es más pequeño de lo que pensábamos. Al terminar el recorrido llegaréis a unos pabellones donde podréis realizar ofrendas y tendréis un montón de puestecitos con todo tipo de suvenirs y omamoris (amuletos). Nosotros aprovechamos y nos compramos uno de la buena fortuna para que el resto del viaje nos saliese bien.

El omamori es un popular amuleto japonés, una especie de colgante hecho de tela que se vende, sobre todo, en los templos y santuarios japoneses y que según la creencia, sirven para evitar los accidentes, mejorar la salud, ayudarte en el amor, ayudarte a aprobar los exámenes, etc...

Templo Ryōan-ji y su jardín zen

Después de la visita al Pabellón dorado nos fuimos a ver el Templo Ryōan-ji, famoso por su jardín zen.

Desde el templo anterior cogimos la línea 59 de autobús, y en un par de paradas nos plantamos en la puerta del templo. La entrada de este templo cuesta 500 yenes y al igual que el anterior incluye la entrada a los jardines.

Una de las atracciones principales del templo es su jardín seco (karesansui), del que no se sabe ni fecha exacta de construcción ni quién fue su creador. El jardín seco del Ryoanji tiene una forma rectangular y está compuesto de 15 rocas situadas sobre pequeños círculos de musgo rodeados de arena rastrillada, con la particularidad de que es imposible ver todo el jardín y sus rocas de un solo vistazo. Tendremos que ir moviéndonos para ver todos los detalles, pero siempre habrá alguna roca escondida tras otra.

Lo que nos explicaron fue que el significado de no ver todas las rocas era representar la imperfección.

En este punto sí que nos encontramos con más gente y hacerse con un sitio para sentarse a mirar el jardín tranquilamente ya fue algo más complicado. Al final nos esperamos a que se levantasen unos chicos y nos sentamos al lado de unos chavales que estaban de excursión con su colegio.

Y diréis, ¿por qué me cuentan el rollo este de dónde se sentaron?

Porque ese momento fue uno de los mejores que pasamos en Japón y que nos hizo reflexionar mucho sobre lo educados y amables que son los japoneses. El caso en cuestión fue que este grupo de chavales uniformados iba acompañado de su profesor, un hombrecillo mayor que no sabía apenas inglés. El hombre sin apenas saber comunicarse se lanzó a hablar con nosotros y animó a sus alumnos a que hablaran con nosotros y practicaran inglés (aunque la edad del pavo y la timidez no les dejó hablar mucho).

Al final con el cachondeo, ya aprovechamos y estuvimos hablando un rato, o más bien chapurreando. La típica conversación: que de dónde éramos, qué íbamos a visitar, aprovechamos nosotros para preguntarle cosas de Kyoto... y al final como si de una clase de historia se tratase nos estuvo contando la historia del jardín zen y el resto de templos de la zona. Para rematar nos regaló uno de sus dibujos en acuarela que realizó durante la excursión. Nosotros, algo desconfiados y nada acostumbrados a este tipo de gestos de amabilidad, queríamos devolvérselo y no entendimos que fuese un regalo, hasta que se fueron y nos dieron las gracias por haber podido charlar con nosotros.

Templo Ninna-ji

Terminada la visita al parque y vistos todos los rincones de sus jardines nos pusimos en marcha hacia nuestra siguiente parada: el templo Ninna-ji. Este templo es uno de los principales de la escuela budista Shingon, conocido por su bosque de cerezos y declarado Patrimonio Mundial de la Unesco.

Para llegar hasta allí volvimos a coger la línea 59 que te deja justo en frente de la súper puerta de entrada principal, con el tamaño que tiene no tiene pérdida. Para nuestra sorpresa, aquí ya no encontramos tantos turistas como en los otros, también podía influir de que eran las 12 de la mañana y el sol abrasaba o que debe ser que ya tan lejos no llega la gente.

¡Pues a nosotros nos encantó! Y el poder verlo sin apenas gente fue todo un gustazo.

La atracción principal del Templo Ninna-ji es el Goten, la antigua residencia del sacerdote (abad) en la parte suroeste del complejo. Está construida con el estilo de un Palacio Imperial y los demás edificios se conectan a él a través de pasadizos de madera. La entrada al Goten cuesta 500 yenes y fue una visita que mereció la pena. Pudimos ver el palacio, los diferentes templos y pagodas sin apenas gente, aprovechamos para pasear descalzos por los tatamis y los pasillos de madera sintiéndonos como auténticos samuráis de película y cómo no, descansando un rato después de tanta caminata en un maravilloso jardín zen.

Todo el lugar es realmente elegante. Los pabellones y salones, los jardines y los pasadizos ayudan a crear una atmósfera mágica.

Por otra parte, el recinto cuenta con distintos templos y pagodas que se pueden ver tranquilamente sin entrada. Además, aquí "asistimos" por primera vez a un ritual budista. Dió la casualidad que justo ese día había algo y estaban realizando una de sus ceremonias. Así que, ya que estábamos, aprovechamos y estuvimos un rato viendo lo que hacían y escuchando los diferentes mantras que entonaban.

Religiones en Japón: Alrededor del 84% de los japoneses profesan seguir tanto el sintoísmo (religión indígena de Japón) como el budismo. El budismo, el confucianismo y el taoísmo de China también han influido de manera significativa en las creencias japonesas y en la mitología.

Siendo ya casi medio día y abrasados por la ola de calor que nos pilló, decidimos ponernos en marcha y hacer un descanso en nuestro siguiente destino, la zona de Arashiyama.

Rumbo a Arashiyama

De nuevo, cogimos el autobús 59 hasta la estación de autobuses Yamagoe donde cogimos la línea 11 que nos llevaba ya directamente hasta Arashiyama. Cuando lo busquéis en el mapa veréis que la estación aparece en mitad de la nada, está bien, hay un pequeño intercambiador en ese punto.

Nada más bajarnos empezamos a buscar un sitio para comer y vimos que en la estación de tren había puestecillos con comida callejera y que además de tener buena pinta tenían muy buenos precios. Nos comimos nuestros primeros takoyakis en Japón (son bolitas de pulpo envueltas como si fueran pequeños buñuelos) y algo parecido a unos dim-sun, unas bolas de cerdo con masa de arroz hervido.

Ahora ya teníamos de nuevo las pilas cargadas y fuimos en búsqueda del famoso bosque de bambú, pero no sin antes hacer una pequeña paradita. Como ya hemos comentado, hacía mucho calor. ¡Ya era hora de probar los helados japoneses! Nos paramos a comprar un helado de té matcha y otro de flor de cerezo. Estaban bastante buenos, y ya veréis como a parte de esos dos no suele haber muchos más sabores. Así que, id haciéndoos a la idea.

Antes de llegar al bosque de bambú visitamos por fuera el templo Tenryū-ji, uno de los templos más grandes de Kyoto famoso por su precioso jardín zen. No hicimos la visita por dentro del templo porque había muchísima gente y tampoco teníamos tiempo para ver tantas cosas en un solo día, así que decidimos saltárnoslo. Ya tendremos tiempo de ver otros muchos templos en nuestro viaje.

Visto el templo por fuera, nos fuimos a buscar el bosque de bambú, que también estaba repleto de gente. Para que os hagáis una idea, el bosque como tal no es un sitio abierto por el que ir andando entre bambúes. Es un camino relativamente estrecho que está rodeado por este tipo de planta. Fue casi una tarea imposible hacerse una foto decente sin que hubiese algún infiltrado y tuvimos que acabar jugando un poco con la perspectiva para que pareciese que no había gente.

Una vez pasado el bosque de bambú tienes la opción de darte la vuelta a Arashiyama o... seguir caminando y descubrir una de las zonas más bonitas, para nuestro gusto, de Kyoto.

Si sigues andando como unos 40 minutos hacia el norte por una senda frondosa llena de árboles, riachuelos y pasando por delante de jardines y templos como Jojakuko-ji, Nison-in, Giō-ji acabarás llegando a una zona residencial de casitas bajas que se conoce como Saga-Toriimoto.

Es una de esas calles que se ha conservado como patrimonio cultural e histórico, y gracias a ello podemos ver desde las casas tradicionales niponas o Machiya hasta las casas triangulares con tejado de paja, Minka. Solo por ello merece la pena la caminata.

Una vez llegados al final del barrio, ya nos quedaba el último tramo. Subiendo la calle un poquito más, cuando ya te empiezas a adentrar en la montaña, de repente aparece un templito que visto desde fuera no parece llamar mucho la atención, pero que una vez dentro ¡váis a flipar!

Templo Otagi Nenbutsu-ji

Es el Templo Otagi Nenbutsu-ji.

La entrada cuesta 300 yenes y al entrar te atiende el único monje que se encarga del templo, y que también da conciertos de piano y hasta tiene un canal de YouTube y followers en Instagram! El hombre, muy sonriente, te invita a pasar y a disfrutar de todos los rincones del templo como si de su casa se tratase.

Para nosotros, este templo era una visita obligada, pero ¿por qué hacer un recorrido tan largo?

Porque lo más impresionante de este templo es que tiene un montón de estatuíllas de monjes talladas en piedra, todos diferentes y representado algo distinto. Hay 1200 figuras Rakan (los discípulos de Buda o buditas) que fueron talladas por los adoradores de este templo desde 1981 a 1991 para orar por la prosperidad del templo. Pero a diferencia de las figuras budistas habituales, estos Rakans son muy kawaaiis.

Estuvimos en el templo prácticamente solos, únicamente nos cruzamos con una familia de hindúes con la que estuvimos hablando de lo maravilloso que era el templo y aprovechamos, tanto ellos como nosotros, para pedirles que nos sacasen alguna foto a los dos juntos. Y solo con ver las fotos se vé de lo que estamos hablando, el tiempo se nos echó encima y nos tiramos más o menos una hora viendo el templo!!

Deshaciendo el camino y vuelta al hotel

Aún nos quedaba un largo paseo de regreso porque el único autobús, la línea 92, que nos podía llevar de vuelta a Arashiyama pasaba cada hora. Así que otra vez a deshacer el camino hacia Arashiyama. La verdad es que si no estás acostumbrado a andar, igual tus piernas sufrirán un poquito con tanta caminata. Pero la visita a ese templo merecerá la pena, os lo aseguramos, y encima como volvimos por el mismo camino y ya estaba oscureciendo volvimos a ver el bosque de Bamboo sin apenas gente.

De vuelta en Arashiyama, era ya la hora de cenar, y como a medio día nos supieron a poco las 6 bolitas de pulpo, decidimos comprarnos una docena en un sitio de takoyakis muy cerca de la calle principal. Lo reconoceréis rápido si váis porque tiene un muñero de un pulpo colgado en la puerta 🐙. Eso sí, tened cuidado cuando lo comáis ya que normalmente te los sirven recién hechos y es como comer lava. Costó aguantarse y esperar a que se enfriaran (Jose, por impaciente, casi pierde la lengua) pero la espera mereció la pena, ¡estaban muy muy ricos!

Después de esta cena express, nos dimos un último paseo por Arashiyama, por su calle principal hasta llegar al puente Togetsu-kyo. Desde allí hay unas vistas muy bonitas, y si pasas el puente puedes visitar otros templos como Hōrin-ji, Saihō-ji y el parque Arashiyama Monkey Park Iwatayama. Nos hubiese gustado también visitar esta zona de Kyoto, pero el día no tiene tantas horas como para visitar tantos sitios. ¡Definitivamente tendremos que volver a Kyoto algún día!

Para volver al hotel cogimos el autobús de la línea 11, que nos dejaba en Shijo Karasuma, muy cerca de nuestro hotel. De camino, decidimos pasar en un 7-eleven y comprar unos ramen instantáneos, aunque parezca cutre, lo habíamos visto en tantas series y dibujos que teníamos que comprobar si eran parecidos a los que se pueden comprar en España. Cogimos uno de carne y otro de gambas para probar (o eso creemos que eran). Y más o menos es lo mismo que aquí, son un poco más fuertes de sabor pero muy similares.

Una vez en el hotel notamos lo largo que había sido el día y lo cansados que estábamos. Así que una duchita rápida y a dormir!

Buenas noches y hasta mañana Kyoto!