Japón, día 4: 500 estatuas Rakan y vuelta a Kyoto

Japón, día 4: 500 estatuas Rakan y vuelta a Kyoto

Nuevo día en Japón y hoy nos pegamos un buen madrugón con la esperanza de que la mayoría de turistas estén dormidos todavía. Nuestro plan de hoy es visitar uno de los templos más bonitos que teníamos en la ruta, el Daisho-in.

Más tarde dedicaríamos el día a visitar el resto de monumentos de Miyajima para después poner rumbo de vuelta a Kyoto.

De camino al Daisho-in

Son las 7 de la mañana y todavía estamos un poco cansados de la paliza que nos pegamos ayer, pero el tiempo es oro y tenemos que prepararnos para afrontar un nuevo día. Así que nos vestimos, vamos a desayunar algo y cargar las pilas.

El templo está situado en la falda del monte Misen, por lo que ya os podéis imaginar el camino que nos espera, una larga cuesta hasta llegar a la entrada del complejo. De camino vimos una cosa muy curiosa, hay bastones de senderismo en mitad de la calle para utilizarlos por si los necesitas. Qué majos son estos Japos!

Justo antes de llegar a la entrada principal y de subir las escaleras, nos encontramos un pequeño sendero que parecía rodear la entrada principal. Teníamos todo el día por delante así que, ¿por qué no ir a explorar? Y menos mal que subimos por el sendero. Nada más asomarnos fue como viajar a otro lugar. Salimos de una calle peatonal y nos encontramos con un riachuelo lleno de vegetación y muchísimas estatuíllas de monjes con unos gorritos tejidos en lana. ¡Se parecían al de buscando a Wally!

Estas figurillas son las famosas estatuas Rakan, hay 500 diferentes y cada una de ellas representa a un discípulo de Buda.

Al final con la cantidad de estatuas que había, el camino se nos hizo súper entretenido. Fuimos observando las diferentes estatuas, buscando las más curiosas o las que más nos llamasen la atención.

Daisho-in

Al llegar a la entrada nos encontramos una pequeña diferencia respecto a otros templos que ya habíamos visitado. Aquí no había que pagar entrada, voluntariamente depositabas la cantidad que considerases en un baúl. Hay que tener en cuenta que parte del mantenimiento de estos lugares depende del turismo, por lo que si queremos seguir disfrutando de lugares como este hay que aportar un pequeño granito de arena.

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Nada más entrar nos debieron ver cara de guiris unos abuelillos que había por la zona y nos invitaron a pasar a una exposición que tenían abierta en uno de los pabellones. No podemos enseñaros fotos porque no se podían sacar, pero nos estuvieron enseñando una colección de marionetas de porcelana para teatro (bunraku) que se utilizaron hace muchos años para representar obras sobre la vida de la familia imperial. Fue muy curioso ver la cantidad de muñecos que tenían y lo diferentes que eran, desde algunos muy pequeños hasta otros casi a escala real. La cantidad de detalles que tenían era asombrosa, muchos llevaban telas de los mejores materiales e incluso algunos tenían el pelo hecho con cabello de verdad.

La visita al resto del templo se nos alargó un poco, tuvimos la suerte de que al ser primera hora apenas había gente y nos entretuvimos mucho visitando los pabellones. Cada uno de ellos tiene un significado y honra a una deidad diferente.

El Tengu es un tipo de criatura perteneciente al folclore religioso (sintoísta) japonés.

En todo el recinto hay muchísimos rincones ocultos, todos ellos muy fáciles de pasar por alto incluso si llevas un mapa. Hay muchas estatuas de buda de todos los tamaños y colores, rodillos giratorios con sutras grabados, mandalas gigantes hechos de arena, incluso hay una caverna que tiene una representación de cada uno de los 88 templos de la ruta Shikoku. Se cree que si rezas a alguno de estos 88 ídolos, es como si rezases en el templo al que representa.

Al final, entre todas las cosas que hemos mencionado lo que nos pareció más bonito y diferente del resto de templos que habíamos visitado fue que está totalmente rodeado por la naturaleza, la división entre la montaña y el templo es casi inexistente.

Antes de seguir nuestro camino no podíamos olvidarnos de comprar algún recuerdo en este maravilloso lugar. Para recordar donde estuvimos y la cantidad de estatuíllas que había nos compramos un budilla de recuerdo y un gato con un poema de la suerte (omikuji). Intentamos utilizar el autocorrector para saber qué nos deparaba la fortuna, y aunque no estamos del todo convencidos de lo que significaba, seguro que nos ayudó en nuestro viaje.

Itsukushima con la marea alta

Antes de seguir visitando otros sitios tuvimos que recoger las cosas del hotel, estaba un pelín lejos del santuario de Itsukushima, así que volvimos a por nuestras mochilas y nos despedimos del dueño.

Era hora de volver a ver el santuario de Itsukushima pero con la marea alta, así nos podíamos ir con las dos caras de Miyajima. Nos pusimos rumbo hacia el templo y la verdad es que sorprende ver lo que puede llegar a cambiar con un poco de agua. La estampa es totalmente diferente, hacía unas horas estaba todo seco y ahora parecía que el agua inundase el templo. Como si estuviese flotando sobre el agua. Si tenéis la oportunidad de pasar un día allí, intentad que os coincida con la marea alta y baja, realmente merece la pena.

Aunque teníamos planeado volvernos pronto a Kyoto, nos fue imposible despedirnos tan pronto de aquel maravilloso lugar, así que aplazamos la vuelta y decidimos seguir dando vueltas a ver qué nos encontrábamos.

A nuestro siguiente destino llegamos prácticamente de casualidad. Al igual que el día anterior nos acercamos a ver una pagoda que estaba en lo alto de otra colina.

Al llegar allí nos encontramos un pabellón gigantesco de madera. El nombre de este lugar era Santuario Toyokuni (Senjokaku). Para los curiosos, su nombre significa 1000 tatamis, y esto es porque su superficie es aproximadamente esa.

Diferente a todos los otros santuarios, este era como un pabellón gigantesco al aire libre. No había muros y el techo se alzaba muy por encima de nosotros, todo hecho de gigantescos troncos de madera atados por cuerdas. La decoración era muy austera, todo estaba lleno de cuadros pintados directamente sobre tablas de madera con diferentes temas: batallas medievales, animales, representaciones budistas...; también había gigantescas palas para remover el arroz (o-shakushi), y esqueletos de pequeños barcos.

Las vistas que hay son impresionantes, prácticamente se ve toda la isla y los diferentes templos. Si buscáis un sitio para descansar admirando el paisaje este es un buen lugar.

De compras por Omotesando

Se acercaba la hora de comer y nuestros estómagos empezaban a quejarse. Como ayer estuvimos cenando en un restaurante local, hoy tocaba probar algo de comida callejera. De vez en cuando viene bien mancharse un poco las manos e ir por los puestecillos probando diferentes cosas.

La calle Omotesando es la calle principal de Miyajima, en ella se concentran la mayoría de puestecillos de comida local, tiendas de artesanía, recuerdos y alimentos locales.

Así que para comer decidimos probar unos baos que olían estupendamente, uno de ternera y otro de anguila. El de anguila estaba espectacular, el sabor era muy dulce y llevaba como una salsa de soja muy espesa. El de ternera más o menos os podéis hacer una idea de cómo sabe. Nuestro siguiente plato fueron unas ostras a la plancha, hay muchísimos puestecillos y de precio más o menos estaban todos igual, pero ni punto de comparación con el precio de España. Las ostras te las vendían por unidad y cada una costaba entre 150 y 200 yenes.

Nosotros no es que seamos muy fans de este tipo de moluscos pero cabe decir que a la plancha están muchísimo mejor que crudas. Y ahora vamos con el postre, la especialidad de la isla es el Momiji manjū, unos pastelitos de galleta blanda con forma de hoja de arce y tradicionalmente rellenas de pasta de judía. Si no os gusta la pasta de judía no hay problema, parece que han adaptado este dulce al gusto de los turistas y podéis encontrarlos de otros sabores como chocolate y manzana.

De vuelta a Kyoto

Nuestra visita a Miyajima llegaba a su fin y al final nos quedaron muchas cosas por ver y hacer, como por ejemplo subir el monte Misen por uno de sus numerosos senderos o visitar otros templos y parques de la zona. Algún día volveremos con más tiempo a tachar todas estas cosas pendientes y volver a disfrutar de este maravilloso lugar.

El camino de vuelta es el mismo que el que hicimos para ir, el ferri, el tren hasta Hiroshima y el Shinkansen hasta Kyoto. Como ya nos conocíamos la ruta que teníamos que seguir pudimos desconectar un poco y nos vino estupendamente para descansar.

Llegados a Kyoto antes de irnos a cenar, nos pasamos por el hotel a hacer el check-in y comprobar que nuestras maletas estuviesen en la habitación.

Hoy tocaba cenar fuerte, al medio día no habíamos comido mucho y nos habíamos pasado todo el día de un lado para otro. Dando una vuelta por los alrededores del hotel vimos un restaurante de ramen muy curioso, de esos que tienen la máquina a la entrada para que saques el ticket de la comida y luego ya lo entregues dentro. Así que, ¿por qué no probarlo? A demás, el olor que salía de ese sitio también hizo que se nos hiciese la boca agua.

El ramen que probamos era de ajo y aunque pueda parecer algo con un sabor muy fuerte estaba buenísimo. El sitio parece ser que era una cadena de restaurantes y por si queréis pasaros por allí a comer, la dirección es どんぐり 四条烏丸店 (Donguri).

Los días cunden bastante, esto de levantarse pronto también tiene sus ventajas. Así que puestos a aprovechar las pocas horas que nos quedaban antes de que el sueño nos empezase a atrapar nos fuimos a dar un paseo por Pontocho.

De camino vimos muchas tiendas muy curiosas, sobre todo la cantidad de locales de cosméticos que hay. Son como tiendas del todo a 1€, pero de cremas, tintes y mascarillas. Y cómo no, con anuncios muy extravagantes para llamar la atención. Como por ejemplo, este oso lavándose tan fuerte que se arrancaba los pelos del cuerpo jajaja

De Pontocho poco podemos contaros que no sepáis ya. Es uno de los callejones más importantes de Kyoto, en donde se concentran muchos de los mejores restaurantes de comida tradicional japonesa. Si os fijáis en los menús que tienen colgados en las entradas os daréis cuenta del por qué.

Si váis por la noche encontraréis geishas trabajando, acompañando a diferentes grupos de personas a cenar o a divertirse. Cabe decir que estaba repleto de gente y se nos hizo súper agobiante pasear por la calle, cada dos o tres metros teníamos que pararnos porque no había manera de seguir avanzando.

Tras este paseo por Pontocho ya sí que podíamos dar el día por finalizado, pusimos rumbo al hotel callejeando por la zona del mercado de Nishiki.

Mañana tenemos un largo día por delante, ¿qué nos deparará el camino?