Japón, día 6: Rumbo a los alpes japoneses, Takayama

Japón, día 6: Rumbo a los alpes japoneses, Takayama

Comienza un nuevo día Japón y hoy toca despedirnos de Kyoto y poner rumbo a una zona totalmente diferente, la ciudad de Takayama comúnmente conocida como los “Alpes japoneses”. Takayama se encuentra en una zona montañosa del interior de Japón, en la región de Hida (prefectura de Gifu).

Nuestro objetivo es pasar un par de días en Takayama, una pequeña ciudad de cuento conocida por sus numerosos ryokans y callecitas con aspecto de haberse quedado ancladas en el pasado. Desde allí visitaremos también la aldea de Shirakawago, un pueblecito metido entre las montañas al más puro estilo de Heidi en el que parece que el tiempo se hubiese detenido en la época feudal.

Pasajeros al tren!

El viaje fue bastante largo y nos tuvimos que levantar prontísimo, al ser regiones muy montañosas no hay trenes de alta velocidad directos. Para llegar tuvimos que coger un Shinkansen desde Kyoto hasta Nagoya para después subirnos al Limited Express Wide View Hida. En este último tren, aunque no sea de alta velocidad, el viaje no se hace nada aburrido ya que tiene unas panorámicas estupendas de las montañas japonesas que os dejarán con la boca abierta. Ambos trenes están incluídos en el Japan Rail Pass y la duración del trayecto en total fueron unas 4 horas por lo que no os olvidéis de llevaros algo de comida, que a lo tonto es casi medio día de viaje entre tren y tren.

Cuando estábamos planificando el viaje, tuvimos muchas dudas sobre cuánto tiempo pasar en Takayama y es que leyendo por internet no nos decidíamos entre la cantidad de recomendaciones y artículos que hay al respecto. Como nosotros somos muy de ver los sitios más bien rápido, decidimos que con dos días tendríamos tiempo de sobra para visitar lo más importante de la zona. Y al final hicimos bien, disfrutamos mucho de esta ciudad y no nos fuimos nada decepcionados con la duración de nuestra estancia.

Llegada a Takayama

Nada más llegar a la estación, y siendo casi la hora de comer hicimos lo de siempre, acercarnos al hotel para descargar el equipaje y poder recorrer la ciudad con más tranquilidad. El hotel en el que decidimos alojarnos fue un tradicional Ryokan que está muy cerquita de la estación llamado Hodakaso Yamanoiori.

Como siempre, nos adelantamos a la hora en la que se supone que podemíamos hacer el check-in, así que vamos a aprovechar para ir a comer algo y luego ya volvemos a subir las maletas a la habitación. El sitio ya lo teníamos buscado desde hace tiempo y es que, muy cerquita en la calle principal, hay una carnicería (no es coña) en la que puedes elegir la carne que te vas a comer. Y luego te la sirven en el restaurante que tienen justo al lado. ¿Y por qué en una carnicería? Porque estamos en la zona de Hida y al igual que en Kobe hay una tradición muy arraigada en la ganadería de Wagyu, así que era el momento perfecto de darnos un homenaje y probar la tan afamada carne japonesa.

El sitio en cuestión se llama Hidagyu Maruaki, y cumplió y sobrepasó nuestras expectativas. Nada más entrar te dan la opción de elegir la carne directamente del mostrador o de pasar a la zona del restaurante y probar surtidos de diferentes cortes de la vaca. Dependiendo del tipo de corte y del ranking de la vaca (sí, las vacas tienen categoría en función de la calidad de la carne) el precio variará. El restaurante tiene mesas con hornillos en el centro para poder cocinarte la comida a tu gusto.

Para probar diferentes cortes nos pedimos un surtido en el que venían: dados, lonchas, tiras, etc; de diferentes partes de la vaca, acompañado de una montaña de verduras para también pasarlas por la parrilla. Cuando te traen la carne en el plato ya se nota el por qué la carne es tan famosa y es que de aspecto podríamos decir que es el jamón serrano japonés. La carne tiene muchísimas vetas de grasa y cuando la acercas al fuego empieza a crepitar y gotear con un sonido que hace que las tripas empiecen a rugir. Os dejamos aquí debajo un vídeo y algunas fotos del hornillo, llega incluso a ser hipnótico.

Después de tal banquete y de subir las cosas a la habitación era hora de ponerse en marcha y empezar a visitar la ciudad, el plan de hoy era conocer en el centro y los diferentes barrios de la ciudad.

Como todo buen turista que pasa por Takayama, empezamos paseando por Sanmachi Suji, que es la zona del casco viejo, y especialmente por las tres calles que le dan nombre a la zona: Ichinomachi, Ninomachi y Sannomachi. Si habéis prestado atención a los nombres notaréis que hay algo familiar en ellos y es que no se complicaron mucho en nombrarlas ya que su significado era el de calle uno (ichi), dos (ni) y tres (san). Esta zona está perfectamente preservada y cuidada y cuenta con muchísimas casas del periodo Edo, momento en el que la ciudad era un rico pueblo de comerciantes. Hoy la mayoría funcionan como museos, galerías de arte, tiendas de artesanía o cafeterías.

Muy cerquita de la calles, por donde se encuentra el río podéis visitar algún que otro santuario y templo y los diferentes puentes que cruzan el río Miyagawa, como el rojizo Nakabash. Nosotros dedicamos más tiempo a dar vueltas perdiéndonos entre las diferentes calles que a visitar todos estos lugares, a medida que nos los íbamos encontrando los veíamos pero en general merece la pena ir sin un rumbo fijo. Da gusto pasear en sitios así ya que cada calle tiene algo nuevo y diferente para ver.

El tiempo parece que pasa muy lento en Takayama, la ciudad es muy pequeña y ya nos hemos recorrido la mayor parte de la zona centro, así que decidimos hacer una pequeña excursión por el monte, así nos podríamos despejar un poco del bullicio de la zona turística y visitar las ruinas del antiguo castillo.

Al acercarnos al camino principal que se adentra en el bosque nos encontramos con una sorpresa, hay unos carteles nada amigables que tienen un dibujo de un oso y una exclamación. Sí amigos, hay osos por la zona, no es fácil verlos ni aconsejable cruzarse con ninguno pero ahí estaba el cartel de que vayas bajo tu propia responsabilidad.

Con un poco de incertidumbre y viendo que había algunas personas nos fuimos a buscar las ruinas del antiguo castillo de Takayama, pero no iba a ser tan fácil llegar hasta nuestro objetivo. Hay muchísimas rutas para hacer senderismo y los carteles están exclusivamente en japonés, así que echamos a andar por donde creíamos que ponía “castillo” y cruzamos los dedos.

Por el camino nos encontramos a un japonés haciendo running que se parecía al señor Miyagi en versión joven, y mediante gestos e indicaciones más o menos nos orientó para poder llegar al castillo. Como ya os he contado, la ruta no era tan fácil y hay muchísimos caminos escondidos que se entrecruzan por lo que nos volvimos a perder. Pues resulta que ese día la suerte estuvo de nuestro lado y nos volvimos a encontrar al señor Miyagi para indicarnos de nuevo qué camino tomar. Así que pusimos otra vez rumbo al castillo y cuando llegamos arriba.... vaya decepción! jajaja.

Resulta que la ruinas son tan tan antiguas que apenas quedan unas piedras y un poco del suelo en donde se asentaban sus muros. Eso sí, aunque el castillo no se vea las vistas desde allí arriba son impresionantes por lo que la caminata merece la pena.

De vuelta a la civilización decidimos que bajaríamos por la cara norte para seguir dando vueltas por la zona menos turística de la ciudad, pero antes de salir de la montaña ¡nos volvimos a encontrar por tercera vez al señor Miyagui! Esta vez nos preguntó si finalmente habíamos encontrado las ruinas y qué nos habían parecido. Después de hablar un rato con él nos regaló un hermoso trébol de 4 hojas que se había encontrado por la zona.

Vagando por la zona este de Takayama llegamos hasta el templo Sakurayamahachimangu, en el que pudimos ver cómo unos niños y algunos monjes ensayaban un baile con tambores. Debían estar preparándose para algún festival o ceremonia ya que lo repitieron unas cuantas veces, tantas que al final nos fuimos nosotros antes que ellos.

Serían ya las cinco o seis de la tarde y se notaba que ya la mayoría de turistas estaban cenando o resguardados en sus hoteles por lo que disfrutamos de un agradable paseo y aprovechamos para sacar unas fotos sin apenas gente, merece la pena perderse entre las callecitas ya que la ciudad está llena de templos y santuarios como el gigantesco torii de piedra que está en el puente Miyamae. Muy curioso que sobre esta hora empezó a sonar una música por todo el barrio, parecía como un toque de queda para indicar que ya se hacía de noche.

Después de tal caminata era hora de reponer fuerzas, vaya día nos hemos pegado y qué pocas cosas nos quedan que ver en la ciudad. ¿Y qué mejor que un contundente bol de ramen para volver a cargar las pilas? A estas alturas el ramen era ya una religión para nosotros y teníamos que probar el típico chuka-soba de la zona. Entramos al Kajibashi, y nuestra experiencia fue bastante buena. Nos atendieron rápido y el bol que nos pusieron venía bien cargado de fideos y de carne.

No os olvidéis de dar un paseo nocturno para ver Takayama de noche. Merece la pena pasear por sus calles principales con los farolillos encendidos y sin cruzarse a penas con gente. El ajetreo de turistas de por el día desaparece y se respira paz y tranquilidad.

De vuelta ya en el hotel, nos dimos un relajante baño en el onsen del ryokan y preparamos las cosas para madrugar al día siguiente. Nos espera una excursión a uno de los sitios más bonitos que hemos podido visitar en Japón, la aldea de Shirakawa-go.