Japón, día 7: Una aldea oculta en las montañas, Shirakawa-go

Japón, día 7: Una aldea oculta en las montañas, Shirakawa-go

Amanece un nuevo día en Takayama. Nos despertamos prontito, nuestro plan del día es hacer una excursión a la aldea de Shirakawa-go, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y rodeada de montañas. También es muy conocida por sus típicas casas de estilo gassho-zukuri (合掌造り).

Desayuno tradicional japonés

Nos despertamos en nuestros maravillosos futones disfrutando del japón tradicional en el ryokan Hodakaso Yamanoiori, es más cómodo de lo que puede parecer. Tras vestirnos y preparar nuestras mochilas nos bajamos al comedor del ryokan para disfrutar de un completo desayuno tradicional japonés. Nada más llegar nos recibió muy educadamente una abuelita añorable (probablemente parte de la familia que dirigía el hotel) y que en todo momento nos acompañó en el desayuno para ir explicándonos, a su manera y mediante gestos, qué era cada plato y cómo debíamos disfrutar de aquellos manjares.

El desayuno estaba compuesto por muchísimas cosas, entre ellas una sopa de miso y verduras cocinadas a fuego lento en un cuenco a la llama de una vela, un cachito de salmón a la parrilla con salsa de soja, un poquito de tamagoyaki o tortilla japonesa de sabor dulzón (que estaba riquísima), una ensalada fría de algas, arroz en cantidades industriales para acompañar todos los platos y un variado de encurtidos japoneses (tsukemono) que de sabor nos recordaron a algo parecido a nuestras aceitunas. Todo esto acompañado de un delicioso zumito de manzana y té matcha.

La verdad es que de primeras parece un desayuno super contundente, sobre todo si lo comparas con la tostadita y el café que solemos tomar normalmente en España, pero hay que decir que estaba todo muy muy rico y que sin duda un desayuno así ayuda a afrontar el día con mucha energía.

Ruta a Shirakawa-go

Después de desayunar cogimos nuestra mochila y nos dirigimos hacia la estación de autobuses para coger el autobús que nos llevaría a Shirakawa-go. Nosotros compramos los billetes de ida y vuelta del autobús un mes antes de la fecha a través de la página web de la compañía de autobuses Nohibus.

Para estos autobuses no es válido el JR Pass, por lo que tendréis que pagar unos 4.420 yenes del billete de ida y vuelta. Hay autobuses a Shirakawa-go desde Takayama cada hora y el trayecto dura aproximadamente unos 50 minutos. Nosotros cogimos los billetes de autobús a las 9 de la mañana para evitar que hubiese muchos turistas y poder ver la aldea con más tranquilidad. El plan era pasar medio día allí y volverse más o menos a la hora de comer, con medio día de visita es más que suficiente para verlo todo.

Nada más llegar nos quedamos enamorados con el paisaje de cuento que tiene este pueblecito atrapado entre montañas, formado por esas preciosas casitas de gruesos tejados triangulares de paja y hechos para soportar el peso de la abundante nieve que cae en esta zona en invierno. Algunas de las casas tienen más de 250 años y la gran mayoría hoy funcionan como restaurantes, museos o alojamientos tradicionales.

Nosotros visitamos una de estas casas, la de Wada, una de las familias más ricas de la zona y con una de las casas más grande. La entrada cuesta 300 yenes y podéis pasar el tiempo que queráis.

Dentro puedes ver cosas curiosas como la cocina tradicional (que era un agujero en entre los tatamis lleno de tierra y con una olla colgando), cacerolas, utensilios varios, el despacho del dueño de la casa, ... Al final era como un museo de la vida en Shirakawa-go hace cientos de años. También podréis subir a la buhardilla y ver cómo está construído el techo de estas casas. Están totalmente hechas de troncos de madera y unidas con cuerdas de cáñamo para sostener el grueso tejado de paja. La próxima vez, si tenemos tiempo suficiente, no estaría mal poder dormir una noche en una de estas curiosas casas.

Paseando entre sus calles visitamos también el Museo del festival Doburoku. Es un festival que se celebra cada año en octubre y en el que se hace una ofrenda de sake Doburoku a los dioses para que concedan abundantes cosechas, seguridad en los hogares y paz en el pueblo para todo el año. La entrada también cuesta 300 yenes y a la salida de la visita puedes poner a prueba tu paladar con un chupito de shochu, el primer destilado de arroz en la preparación del sake sin filtrar, como el que ofrecen durante el festival.

No tiene nada que ver con el sake que bebemos embotellado, tiene todavía los granos de arroz medio deshechos y un sabor muy muy especial y fuerte, no apto para todos los paladares. Este museo se encuentra al final de la aldea y justo al lado, está el santuario Shirakawa Hachimangu, rodeado de naturaleza y de las montañas.

Nuestro consejo es que aprovechéis este momento para salir hacia las afueras del pueblo y alejaros un poquito del centro porque probablemente no os encontréis a nadie y las vistas son espectaculares.

En nuestra excursión también tuvimos tiempo para visitar la mayorías de las tiendas de artesanía, gastronomía y souvenirs de la aldea y aprovechamos para llevarnos unos cuantos recuerdos de nuestra visita, incluído un típico gorrito que usan los campesinos para trabajar en los campos de arroz.

También merece la pena pararse a descansar un rato y mojarse los pies a las orillas del río Shogawa desde donde también podréis disfrutar de unas maravillosas vistas de Shirakawa-go y la naturaleza que le rodea.

Si visitáis Shirakawa-go, no podéis iros sin subir al mirador de Shiroyama, al norte de la aldea y lugar donde se encontraba el castillo de Ogimachi para disfrutar de las mejores vistas aéreas de la aldea y de sus casas tradicionales.

Como os comentamos al principio, el plan era irse más o menos a la hora de comer y así poder disfrutar un poco de su gastronomía. Comimos en unos puestecillos que nos encontramos un rico pinchito de ternera de hida por solo 500 yenes y unos frutos secos con sabor a wasabi y café para el camino de vuelta.

Sin duda Shirakawa-go es una excursión perfecta de medio día que nosotros recomendamos 100%, ya que esta aldea enamora a todo aquel que la visita.

De vuelta a Takayama

De vuelta en Takayama nos pilló la hora de comer, pero como ya habíamos comido algo en Shirakawa-go, decidimos picotear un poco de diferentes puestecillos.

Recorrimos de nuevo las calles más turísticas de Takayama, las tres principales en donde se concentran todas las tiendecitas y comercios, y probamos unos makis de carne de Hida muy poco cocinados y unos niguiris on una yema de huevo y carne macerada en uno de los numerosos izakayas que hay en esta zona.

De postre nos comimos un dango, las típicas bolitas de mochi (pasta de arroz pegajoso), cocinadas a la parrilla, que habréis visto en miles de animes y dibujos animados. Y como extra y para que pareciese un postre "de verdad" nos bañaron el dango en una especie de sirope de sésamo, no apto para aquellos que el dulce les "empalague" con facilidad.

Para bajar este pegajoso postre nos comimos un heladito fresquito de chocolate y té matcha y nos pusimos en marcha para pasar la tarde disfrutando de la ruta de los Templos de Higashiyama.

Ruta de los Templos de Higashiyama

La ruta consiste en unos 3.5 kilómetros de caminos que atraviesan más de 12 templos y santuarios tanto budistas como sintoístas.

Todos los templos están conectados entre sí y algunos son más modernos que otros, pero todos ellos tienen jardines llenos de árboles y vegetación que te harán olvidar que te encuentras en pleno centro de una ciudad. La verdad es que inosotros nos entretuvimos bastante en ver y disfrutar de cada uno de los templos, no solo por los templos si no porque hay muchos caminos que se adentran en la montaña y se alejan de la ruta (en muchos de ellos nos volvimos a encontrar el aviso de "peligro osos salvajes").

La mayoría de estos caminos conducen a antiguos cementerios y santuarios muy antiguos, me atrevería a decir que incluso alguno de ellos abandonados. La verdad es que la estampa es algo inquietante y sorprendente. Imagínate la típica película de miedo en el que aparece un bosque con gigantescos árboles, cementerios llenos de musgo y lápidas antiguas y templos viejos. Pues era igualito 👻.

Acabamos el recorrido en el templo Daioji y desde allí y viendo que se acercaba la hora de cenar, decidimos ponernos a buscar un sitio donde sirviesen algo de sushi.

Omakase, el chef elige

Como estos dos últimos días en Takayama lo pasamos fenomenal y estábamos tan encantados con esta ciudad decidimos darnos un capricho y cenar un buen banquete de sushi. ¡Por fin! Desde que llegamos a Japón aún no nos habíamos probado el verdadero sushi japonés!

Buscamos un restaurante tradicional, de los que tienen al Itamae (cocinero de sushi) en la barra haciendo el sushi y te recomienda qué pescados son los de la temporada y cómo se prepara cada tipo de sushi.

Al final acabamos cenamos en el restaurante Matsuki Sushi y nos sentamos en la barra, junto a un grupo de abuelillos a los que se les había subido el sake, para no perdernos detalle de lo que hacían los Itamaes. Pedimos un menú de 12 piezas de sushi para cada uno, que consistía en una sopita de marisco de primero y en una selección de piezas de sushi “a la elección del chef”.

Comimos niguiris de pulpo, moluscos, gambas, varios tipos de atún, salmón, huevas, peces varios...

Tenemos que decir que nada que ver con el sushi que podemos encontrar en España. Cada bocado se deshacía en la boca (excepto el pulpo que fue el único que se nos hizo un poco "bola"). ¡¡Qué delicia!! Acompañamos nuestra cena con un sake caliente de la zona y El itamae muy atento en todo momento, nos estuvo explicando cómo preparaba cada tipo de sushi y nos fue preguntado por nuestros gustos y preferencias.

Para mostrarnos lo fresco que estaba el pulpo que usó para los niguiris lo estampó contra la barra y se quedó hecho una plasta. Nos contó que el truco para saber si se podía comer y estaba fresco era que tenía que recuperar su forma, y así fué, cuanto más elástico es, más fresco. Al final hasta se sorprendió de vernos comer el sushi, y es que nos contó que la mayoría de extranjeros acababan comiéndolo con palillos.

La verdad es que fue una velada muy divertidal y entretenida. También pudimos comprobar que es cierto que los japoneses enseguida se “chispan” y que aguantan poquito el alcohol, aunque normal, porque no dejaban de brindar a la vez que gritaban “KAMPAIIIIIII” 🍻.

A partir de ese momento cualquier sushi en España nos iba a parecer horrible comparado con lo que probamos allí. De precio digamos que no fue nada barato, pero mereció muchísimo la pena y es que no puedes irte de Japón sin probar un buen sushi acompañado de sake!